La vida pasa muy rápido, igual que disparar una ráfaga con nuestra cámara. Cuando tienes un bloqueo creativo, esa venda en los ojos no te deja ver más allá de sombras y bultos que deambulan por la calle, en mi caso Barcelona. Necesitaba salir de allí, oxígeno, estimulación... necesitaba darle una nueva luz a mis ojos; conozco cada rincón de Barcelona y me satura.
Llegados a este punto, la mejor opción es hacer un cambio radical, un viaje a otro país, con otra cultura, con otras estimulaciones que reactiven esa necesidad de fotografiar la calle, esa que dejé de mirar.
La perla azul de Marruecos la llaman, Chefchaouen (en bereber ¨Los Cuernos¨, en referencia a los picos de las montañas).
Y es ahí en Marruecos, en África, donde vuelvo a encontrarme conmigo mismo, a encontrarme con esa ilusión y ese estímulo que hace que me deje llevar y fluir con el entorno, con la luz y los colores de otra cultura, algo nuevo para mí, algo que necesitaba y pedía a gritos.
Chauen tiene todos los ingredientes necesarios para perderte por sus calles laberínticas llenas de vida y color. ¡Y qué color!
El azul es el protagonista; ellos lo llaman AZRAK, simboliza principalmente la espiritualidad y la conexión con Dios para la comunidad judía que se refugió allí, representando el cielo.
Chauen es un destino a dos horas de avión y otras dos horas en coche (saliendo desde Barcelona) aunque el viaje se disfruta mucho, sobre todo el trayecto en coche deleitándose con el paisaje de las montañas marroquíes, algo curioso y que me hizo recordar a los Pirineos de catalanes.
Su gente es amable y en ocasiones reticente a las cámaras fotográficas de los turistas, aunque no tuve ningún problema en mi estancia en la ciudad azul. Si he aprendido algo en estos años, es a no invadir el espacio de la persona a fotografiar; prefiero perder la foto. La ética y el respeto son valores a tener en cuenta en la calle y tienen que estar por encima de nuestra necesidad.
El color me seduce, llama a todos mis sentidos y yo me dejo llevar.
Esto es Chefchaouen.
