EL PAISITO
Montevideo me recibió sin prisa, como si supiera que yo estaba de paso.
Las ciudades grandes te sacuden, esta te habla bajito. Caminando por sus barrios entendí que aquí la vida se riega con mate, humor seco y una nostalgia que no pesa, pero está.
Fotografiar en El Paisito fue aprender otro ritmo.
Las esquinas tienen tiempo, las veredas cuentan, la gente mira y sostiene la mirada un segundo más. No hay urgencia, hay pausa. Y en esa pausa, pasan cosas.
Me interesaron sus calles viejas, los colores gastados, el sonido de los portones, los perros que duermen como si fueran dueños del barrio. Me interesó la cercanía: nadie parece esconderse, pero nadie posa.
No fui a buscar lo pintoresco ni lo exótico.
Solo quise caminar, escuchar y mirar, como quien llega tarde a una conversación y se queda observando para ponerse al día.
Montevideo me enseñó que la fotografía de calle no siempre es velocidad; a veces es un mate compartido y un silencio compartido. Dos formas de estar.
Este proyecto reúne esos días: las horas caminadas, el calor suave, la luz inclinada y la sensación de que lo cotidiano también puede ser un territorio. No lo pienso como un documento, sino como una manera de estar con la ciudad, aunque haya sido solo por un tiempo.
Aquí termina el viaje.
El Paisito sigue, aunque yo ya no esté.